El siguiente paso

Bajé al trastero, y encontré en una caja el cuaderno en el que estaba mi lista original: todas las cosas que quiero hacer, todo lo que me hace ilusión. Dos sorpresas me aguardan:

Sorpresa número uno: alrededor del 40% de las cosas que quería hacer están ya cumplidas. Éstas incluyen vivir en otro país, tener un ordenador portátil (aunque luego me lo robaron, perros), dominar otro idioma, componer una banda sonora para un cortometraje (y dos, y tres…), tener una maqueta con mi antiguo grupo “Fallen Isis”, y algunas otras igual de interesantes…

Sorpresa número dos: el restante 60% se parece mucho a la nueva lista que escribí el pasado martes en un bar de Madrid. Mis sueños no han cambiado tanto. Eso reconforta. Los he tenido abandonados, pero no olvidados, mi brújula sigue apuntando al mismo norte. Eso lo pone todo muuucho más fácil.

¿Qué es lo que me queda por hacer? Pues cosas tales como el famoso viaje a Nueva Zelanda, o piezas de música que nunca terminé, ponerme en forma (larga lucha conmigo mismo en ese tema), dirigir una orquesta sinfónica, o asistir a un concierto de Jean Michel Jarre.

El tema es que cojo la antigua lista y la nueva, y me encuentro con unas 20 cosas que me hacen mucha, mucha ilusión. Me doy cuenta de que mis sueños apuntan a 5 o 6 direcciones, es relativamente fácil agruparlos por categorías, lo cual lo vuelve todo más sencillo: proyectos musicales, proyectos de aventura, de viaje, de aprendizaje… de repente todo es más abarcable. Lo interesante es que me doy cuenta de hacia dónde apunta mi brújula, me doy cuenta de lo que realmente me inspira. No es ninguna revelación mística, simplemente lo recuerdo, me había olvidado en medio de la rutina, las obligaciones, y lo que “se supone” que tengo que hacer.

Es entonces cuando le doy la vuelta a la tortilla, y corrijo el error que cometí hace nueve años. Hace nueve años no definí lo que quería con detalle, tan sólo puse cosas como “ir al extranjero”, “componer música”. Es muy, muy, muy importante ser específico con un sueño. Ya no vale “vivir en el extranjero”. ¿Eso qué es? ¿Pasar 6 meses en una celda en Guantánamo? ¿Viajar por Asia con una mochila al hombro? ¿Hacer un curso de música en Berlín durante un año? ¿Peregrinar a La Meca? ¿Quedarse extraviado en Tanzania y que me adopte una tribu de pigmeos? ¿Meterme en un iglú en la Antártida? ¿Qué veo yo cuando digo “vivir en el extranjero”?

Así que, como un crío, paso dos horas describiendo con detalle la visión de mis proyectos, sueños, metas, llámalos como quieras. Durante el proceso, me doy cuenta de que algunos sueños se pueden combinar y realizar a la vez. Por ejemplo, hay ideas de viajes y aventuras. Tengo “ir a Nueva Zelanda” (épico), y tengo “participar en un proyecto de cooperación internacional”. Puedo hacer esas dos cosas en una, o no, según me venga, pero ahora mis ideas empiezan a rearreglarse, a tomar forma, a volverse posibles.

En este punto tengo una lista de unos 20 sueños bastante definidos. El siguiente paso es ponerles fecha (menos al de “viajar al espacio exterior”, que está ahí por razones histórico-infantiles). Sin una fecha, todo lo que tengo es una lista de buenas intenciones. He de ser capaz de coger algo como el “proyecto Nueva Zelanda” y desgranarlo en cosas que pueda llegar a hacer hoy, esta semana, la que viene, y así hasta que se realice. Por el momento, ya estoy recabando información sobre cooperación y voluntariado.

No creo en las fórmulas mágicas, tan sólo en ir paso a paso. Hoy me han dicho que “nunca conseguiré terminar la lista”. Bueno, lo de “ir al espacio exterior” lo tengo chungo. Lo de “dirigir una orquesta sinfónica con mi música” también está chungo, pero oye, quién sabe. El tema no es completar una lista y decir “ya está”. El tema es hacer aquello que me entusiasma de forma continuada.

Jon

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