1) “El cultivo de la paciencia”

Margari se secó las manos en el delantal y abrió bruscamente la puerta de la cocina.

–¡NIÑAAAA! ¡QUE VENGAS A PONER LA MESA, HAZ EL FAVOR!

La cerró rápidamente para que no se escapase el olor, ahogando así un poco convincente “Ya vaaa…”, y reanudó las labores de fritura. Enseguida terminó con las patatas –blanquitas, como a la nena le gustaban– y se dispuso a freír la merluza, previamente albardada, que esperaba su turno en un plato de vidrio verde. Qué le iba a hacer, ya no podía evitar cocinar el pfish-and-chips-plate-smallescado como a Débora le gustaba, según esa extraña costumbre que se había traído de Inglaterra. “Fish and chips, mamá: así le llaman los británicos a esto”, le explicó entre las carcajadas que su cara de extrañeza le provocaba. “Vaya gente rara, hija. Espero que tu Andy sea un poco más normal…”, suspiraba. “No sé cómo vas a poder sobrevivir todo un año ahí, sin tu madre”. Débora siempre le respondía medio en broma, medio en serio, con los pequeños ojos fulgurantes de cariño, que jamás lo podría lograr sin los sobrecitos de jamón de jabugo que ella le mandaba periódicamente. El caso es que Margarita no tardó mucho en acostumbrarse a la extraña combinación de sabores, y pronto empezó a dejar de servir la merluza con ensalada. Y, desde que Débora ya no estaba, el pescado con patatas se había convertido en un plato obligado todas las semanas: los domingos por la mañana, Margari conmemoraba en la iglesia la muerte de Cristo y más tarde, en la mesa, la de su hija. Era su particular forma de recordarse a sí misma que realmente había existido, más allá de las fotos y los diplomas colgados en la pared. Volcaba sus recuerdos sobre un plato de comida logrando de ese modo salpicar a toda la familia, incluida la desobediente de su nieta. Aquél era ya el segundo aviso que le daba.

Se percató del leve arrastrar de una silla a sus espaldas. Al girarse se encontró brevemente con la mirada de su marido, que estaba recolocando parsimoniosamente las páginas del periódico. Cuando acabó, lo dejó sobre la banqueta que casi nunca utilizaban y sacó del cajón el mantel de diario. Lo extendió con cuidado y después puso los platos y los vasos. Ninguno de los dos pronunció una palabra, pero ambos sabían lo que el otro estaba pensando. Norah llegó a tiempo para colocar los cubiertos mientras Eulalio partía un poco de pan.

Se casó con él porque sino se iba a quedar para vestir santos, y se lo dijo. Le dijo: “Eulalio, que te quede una cosa bien clarita: yo si me caso contigo no es porque te quiera, hablando en plata, sino porque no quiero quedarme para vestir santos”. Por eso, y por plomo. Por insistente. Desde los diecisiete años llevaba saliendo cada día a recoger para ella un ramillete silvestre, lloviese, tronase o rugiese un sol picante como polvo de guindilla en los ojos. Desde los diecisiete años haciendo sonar discretamente la aldaba, buenos días, don Fermín, buenas tardes, doña Roberta, buenas noches, Juana, ¿sería tan amable de entregarle a la señorita Margarita este pequeño obsequio? Siempre utilizaba la palabra obsequio. ¿Cómo que obsequio? ¿Por qué la obsequiaba? Por su frialdad hacia él no podía ser. Este chico es tonto, pensaba Margari. No entiende que no, que no y que no, y que no hay más que hablar. Hasta que un día, al apercibirse en la iglesia de las abultadas barrigas de todas las jóvenes de su quinta, se dio cuenta de que, a su edad, su madre ya había tenido dos hijos y estaba esperando la llegada del tercero. Su soberbia había ido espantando a los pretendientes uno a uno, como moscas ahuyentadas por el displicente rabo de la vaca, hasta que ya no quedaron más jóvenes varones casaderos que Eulalio, el de la mirada huidiza, Eulalio, el de los labios gordos, Eulalio, el de la santa paciencia.

Con el tiempo, el tesón se había confirmado como la virtud más notable de Eulalio. A golpe de arado y de duro trabajo consiguió que empezase a dar sus frutos el árido pedazo de tierra, heredado de su padre poco antes de la boda, que debía asegurarles el sustento a él y a su reluciente nueva mujer. Con el mismo tesón se hizo cargo Eulalio de su esposa cuando ésta tuvo el primer y complicadísimo aborto: él, que hasta ese momento no sabía ni calentar un cuenco de leche en el fuego, aprendió a hervir las verduras en su punto y a asar tiernamente las patatas; él, que había desposado a su mujer sin atreverse a quitarle el camisón, la ayudaba a lavarse día sí, día no sin que el pudor traicionase su expresión; él le administraba puntualmente las medicinas y las dosis de cariño justas y necesarias para ayudarla a sobreponerse a la trágica pérdida. Eulalio aprendió a ahuyentar el sueño para velar el de Margarita (“su flor más bonita”, como le susurraba al oído mientras le enjuagaba la fiebre de la frente).

Así fue como Margari fue aprendiendo, a su vez, a necesitar el olor a abono de su marido fundiéndose con su piel, a echar de menos su incipiente tos de fumador empedernido después de que éste se levantara, al alba, para estrenar el nuevo día. Cuando volvió a quedarse embarazada, Margari sintió en las entrañas la certeza de que aquel bebé viviría, y que si en su momento Dios decidió llevarse al primero de su lado fue porque era muy sabio y sabía que el pobre angelito no había sido fruto de un amor recíproco. Así había nacido Débora, la madre de Norah; Eulalio no había sido capaz de oponerse al capricho de su mujer de bautizar a la niña con el poco cristiano nombre de su artista del celuloide favorita.

–Joé, abuela, ¿pescado con patatas otra vez?

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Esta entrada fue posteada el Martes, Agosto 25th, 2009 at 5:25 am ,registrada en ofertas para viajar, viajar. Puedes seguir los comentarios a traves del RSS 2.0 feed. Puedes ESCRIBIR UNA RESPUESTA, or trackback desde tu propio site.

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