La historia de cuando comí sopaipillas en Los Andes
Hoy hace exactamente dos meses que aterricé de mi último gran viaje: el que hice por América del Sur: desde entonces, sólo he ido a Asturias para ver a mi familia: empiezo a sentir en el estómago esas ganas de empezar a planificar un viaje.
Tengo que controlarlas como sea, porque por motivos que no vienen a cuento ahora, seguramente no podré viajar hasta dentro de bastante tiempo. Pero como si fuera un viejo lobo de mar, cuando tengo nostalgia de mochila, empiezo a contar anécdotas. Cuando sea abuela voy a ser una contadora de historias letal: no hay más que juntar todo lo que hablo con todo lo que viajo.
Cuando estaba en la cordillera de los Andes, en Argentina; Arol y yo nos animamos a hacer una ruta de montaña. Cruzamos la estación de esquí de Penitentes y nos adentramos en lo salvaje: un pueblo llamado Potrerillos.
En realidad, era una especie de pueblo abandonado y lleno de nieve, donde solo había un restaurante y una tienda de cerámicas. El guía que llevabámos nos dijo que comeríamos en aquel restaurante, pero nosotros solo teníamos tres euros en pesos argentinos y allí no aceptaban tarjetas de crédito. Cada menú costaba 7 euros, así que no podíamos comer. Y yo tenía hambre de la grande.
El dueño del restaurante nos decía que pidiéramos dinero prestado al guía y que cuando volviéramos a la ciudad, arregláramos cuentas con él. Pero a mí se me da fatal lo de pedir nada a nadie, así que como si fuéramos pobres, con bastante vergüenza salimos del restaurante que no podíamos pagar y nos dedicamos a caminar por la nieve.
Rebuscando y rebuscando, nos dimos cuenta de que en la tienda de cerámicas había la posibilidad de comprar chocolate caliente y sopaipillas. Las sopaipillas son una especie de masa de harina frita típica de Chile.

Comimos tres sopaipillas y un vaso de chocolate caliente cada uno, sentados en una mesa mugrienta que había al fondo del local, mientras la dueña de la tienda nos intoxicaba porque estaba limpiando el suelo con gasolina (era por algo relacionado con el frío extremo que hacía, pero no recuerdo bien).

Aquella comida me supo a gloria. Como nos sobró tiempo, aprovechamos para dar un paseo por el medio de la nieve, hacer fotos, jugar y reirnos mucho del resto de gente que estaba comiendo en el restaurante y perdiéndose lo real de estar en los Andes.

Y así termina la historia de cuando comí sopaipillas porque era pobre y no podía pagarme comida de verdad.
http://expatriada.wordpress.com/2009/11/16/sopaipillas-en-los-andes/
Esta entrada fue posteada el Lunes, Noviembre 16th, 2009 at 2:00 am ,registrada en ofertas para viajar, viajar. Puedes seguir los comentarios a traves del RSS 2.0 feed. Puedes ESCRIBIR UNA RESPUESTA, or trackback desde tu propio site.
















