India es India. Hasta en la cima de los Himalayas

Uno de los picos más codiciados de este recorrido en los himalayas es el hanuman tibba, llamado así en honor al dios que luchó con su ejército de changos para rescatar a la mujer de Shiva. Otro pico es el que queda junto al lago de Brighu, hasta donde los peregrinos suben con ofrendas de coco e incienso para el santo homónimo. Y camino a la primera estación, en Solang, aparecen puentes decorados con banderas tibetanas, que reparten bendiciones a través del viento. ¿Algo podría salir mal?

 

Nadie puede venir a la India a esquiar sólo. Aunque trate. Pues incluso si se aferra a atacar las pistas, se encontrará con que el de al lado habla de Shiva, Vishnú y Ganesh como si estuviera contando los últimos chismes del ¡Hola!; que a uno lo despiertan con el om de una campana (no con el timbre del despertador ni del teléfono); y que si aparece la más horripilante araña o lagartija en la habitación, ningún empleado se atreverá a tocarla. Ella tiene tanto derecho como uno a la vida. Y a la hospitalidad.

Otras cosas que sólo suceden aquí: si alguien se roba algo y es confrontado en cualquiera de los templos frente a la imagen de una deidad, será incapaz de mentir. Los embotellamientos pueden haber sido causados por una vaca a la que se le dio la gana atravesarse o por un rebaño de ovejas, o por un desfile en honor al poeta Valmiki, autor del Ramayana, cuya fecha de nacimiento cae dos días después de la de Mahatma Gandhi, motivo por supuesto de asueto.

También puede ocurrir que el guía en quien uno acaba de depositar toda su confianza para lanzarse a los Himalayas comente que la temporada pasada hubo un accidente mortal, para agregar que “no pasa nada, que así tenía que ser”; como nos contó Manú, nuestro joven guía, tan guapo como piadoso. Y un poco suicida.
Además algo pasa que la necesidad de calentarse el cuerpo con café o chocolate es reemplazada por el deseo —constante e inaplazable— de tomarse un dulcísimo masala chai, o té con especias y a veces con jengibre, según la mezcla de cada cocinero. Porque ésa es otra: aquí uno está destinado a que lo inviten sí o sí, en algún momento dado, a la sala de un hogar a ver fotos familiares, altares y, con suerte, un banquete de platillos bañados en salsas sazonadas con mezclas mágicas de especias, que hay que comer con la mano derecha (o izquierda si se es zurdo) y con la ayuda de por lo menos un par de chapatis, especie de tortillas de trigo integral a las que Octavio Paz, en su libro Vislumbres de la India, llama “cucharas comestibles”.

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