La Europa desconocida (y II)
Por un precio razonable, de hecho, muy razonable, se puede coger un autobus para ir de Praga a Budapest. Tras siete horas y media de trayecto, con su correspondiente descanso en el rincón más inhóspito (o eso quiero pensar) de Bratislava, se llega a la capital húngara. A nosotros, la ciudad nos recibió con nieve y con el metro ya cerrado, pero ni hacía tanto frío como en la cercana República Checa ni los taxistas nos timaron… aunque con su nivel de inglés tampoco debían de tener muchas posibilidades de ello. Llegamos agotados, sin fuerzas para dar una vuelta a la zona. El pateo lo dejamos para la mañana siguiente.
Desayuno caro, muy caro visto lo visto, aunque completo. El día iba a ser duro, y cansado uno no es consciente de lo espectaculares que resultan la basílica de san Esteban o el parlamento. La basílica, levantada en honor al primer rey cristiano de Hungría, es imponente aunque peca de ostentosa. Por su parte, el parlamento tiene un aire londinense aunque se erige a orillas del Danubio en vez de junto al Támesis. Desde ese lado, desde Pest, pues la ciudad en realidad son dos, se ve Buda con su impresionante castillo. Ambas partes de la villa se comunican por varios puentes entre los que destaca el de las cadenas. Al atravesarlo y subir las colinas de Buda uno llega al castillo que es, por supuesto, tan bonito como se adivinaba pero quizá menos cautivador que el bastión de los pescadores. El bastión impresiona, enamora con su particular estilo y sus siete torres erigidas en honor de cada una de las tribus que fundó el país. Desde él se obtiene, desde mi humilde punto de vista, la mejor instantánea de la ciudad. Una ciudad imponente, llena de monumentos grandiosos pero que pierde en movimiento, pues parece algo subdesarrollada. El turismo no es tan importante como en Praga y, quizá por ello, algunas zonas parezcan descuidadas o deprimidas. Uno percibe lo que tuvo que ser el comunismo, lo que tuvieron que sufrir los húngaros. Un pueblo que, como prueba la también grandiosa plaza de los héroes, tiene muy clara su identidad.
Y como hay que ser viajero y no turista, hay que conocer lo típico. Por ello, nos tocó ponernos las botas a base de gulash y matador (pollo envuelto con queso y bacon) en un sitio muy recomendable detrás de la basílica. Lugas, que así se llamaba según creo recordar, era además muy barato. Aunque hay que reconocer que, desayunos aparte, nuestros bolsillos no sufrieron en ningún momento. Un euro equivale a 270 florínes húngaros más o menos. Así, por ejemplo, por menos de cuatro euros, uno puede disfrutar de un copazo en Szimpla, un original bar que me recomendó un gran amigo. Lo malo, como siempre, el tener que buscar oficinas de cambio, las cuentas… y acabar los viajes comprando como locos en el aeropuerto para gastar esas monedas que nunca volveremos a usar. O quizá sí, porque me he quedado con ganas de conocer más y mejor esa Europa que a veces pintamos tan lejana.
















