En el fondo no hemos cambiado tanto
Si algo caracteriza la ciudad de Nueva York es que está hecha a base de retazos. Su población está compuesta por gente llegada de diversos rincones del mundo, cargados de esperanzas, de sueños y de muy poco dinero. Es raro encontrar a alguien cuyos padres y abuelos sean nacidos en Nueva York o en Estados Unidos, al contrario que sucede en mi Castilla natal donde todos son nacidos y “vividos” allí (de hecho, mi árbol genealógico muestra que desde 1600 toda mi familia es del mismo pueblo). Esta diversidad es lo que confiere un encanto caleidoscópicamente especial a la ciudad: aquí todo vale, nadie te juzga. La clave está en que la libertad y el respeto se reparten por igual, y si tú quieres pasear una gallina con un arnés por Central Park al resto se la trae al pairo. Lo tengo más que comprobado.
Pero bueno, que no me quiero salir del tema. Decía que NY siempre ha acogido a un gran número de inmigrantes. A mediados del siglo XIX llegaron numerosos barcos desde Irlanda, Alemania, Rusia, Italia y otros muchos lugares. Pocos españoles, la verdad, solamente algunos gallegos aventureos y acostumbrados a lidiar con los viajes en barco, que por aquel entonces eran toda una prueba de superviviencia. De hecho, a algunos barcos que salían de Irlanda los llamaban los coffin ship (barco ataúd) y eran tristemente famosos por el séquito de tiburones que los escoltaban, seguros de obtener cuerpos frescos de desayuno, comida y cena. El menú diario al completo.
Si superaban la odisea del viaje y lograban pasar los férreos controles de entrada al país, una de las primeras cosas que buscaban era intentar integrarse lo antes posible en el nuevo país, aunque de una forma un tanto paradójica. Buscaban barrios en los que vivieran compatriotas (siempre dispuestos a ayudar, los comienzos son muy complicados y una o varias manos amigas no están de más), al tiempo que intentaban comportarse como un americano más. Rápidamente se daban cuenta de que si querían formar parte del auténtico cuadro neoyorkino y llegar a triunfar debían cambiar de ropa, de zapatos y de nombre. Sí, americanizaban sus nombres y apellidos buscando desesperadamente aceptación y comodidad (uno se cansa de deletrear mil y una veces su nombre y apellido). Raffaello pasaba a ser Ralph, Sofia se convertía en Sophie, y de Enrico nacía Henry. Incluso los más patriotas sufrieron la americanización: el agente de aduanas escribía el nombre en el registro “a la americana”, o bien el maestro de la escuela, o el capataz…¿y quién se iba a atrever a replicarles?
Esto, que puede parece absurdo, o antiguo, o infantil, no lo es en absoluto. Yo misma he estado tentada de americanizar mi nombre para evitar el constante y cansino deletro cada vez que hago un trámite…total, por una hache… Pero he resistido. Española hasta la médula, faltaría más. Sin embargo, sí me sorprendió un poco cuando hace no tanto leí que en los inicios de su carrera, el representante de Leonardo di Caprio le insistió en que debía cambiar su nombre por Lenny Williams para americanizarlo y así tenerlo más fácil para triunfar. Ni que decir tiene que no le hizo ni caso y al chico le va de perlas. Olé por ti, Leo. Pero el quid de todo esto es que, en el fondo, veo que no hemos cambiado tanto…
http://cpcny.wordpress.com/2010/04/23/en-el-fondo-no-hemos-cambiado-tanto/
Esta entrada fue posteada el Viernes, Abril 23rd, 2010 at 10:39 am ,registrada en ofertas para viajar, viajar. Puedes seguir los comentarios a traves del RSS 2.0 feed. Puedes ESCRIBIR UNA RESPUESTA, or trackback desde tu propio site.


















