SALZBURGO

 

Saliendo de Viena, realizamos una paradita para pasar el día en Salzburgo, su nombre en Alemán significa Castillo de la Sal y proviene de los tributos que se pagaban antiguamente al pasar por su río los barcos cargados de sal.

Recuerdo que pasamos el día por libre recorriendo sus calles, contemplando el río Salzach, y visitando iglesias, plazas, mercadillos y viendo todos los alrededores más cercanos de la ciudad, pues no daba tiempo para mucho más la parada. Estuvimos a las puertas de la casa de Mozart y tuvimos que realizar alguna compra de urgencia, pues la cámara fotográfica quedó sin bateria y tuvimos que buscar en una tienda y comprarla estando ya a punto de cerrar al ser casi mediodía. La cámara de fotos para nosotros es como nuestro tercer ojo o la herramienta para la inmortalidad del momento vivido que queda perpetuo por si se nos daña la memoria en algun momento. Es como el recuerdo para el futuro, la prueba de haber estado en un lugar y un momento de nuestras vidas y el gusto por guardar la imagen de la forma más artística posible dentro de nuestras limitaciones. Recuerdo la visión del castillo y de la ciudad tal y como aparecían en la película Sonrisas y lágrimas y era una sensación de alegría que personalmente me llenaba mucho. Realmente viajar y conocer cosas que además como en este caso ya conocías por otras referencias es realmente gratificante y muy recomendable. Como los días atrás ya tuvimos nuestras sesiones de restaurantes típicos y comidas diferentes, al pasar por una de las calles de mas tránsito peatonal pudimos oler el que se nos hacía incluso entrañable aroma que nos atraía e hipnotizaba casi, y que estaba provocado por la comida basura de un Mcdonals. Era el mismo olor que en casa, pese a estar en Austria. ¿Como se puede explicar añorar esto?. La verdad es que no tiene explicación alguna. Es como una especie de expediente X el que algo que incluso casi detestas por lo mala que pueda ser este tipo de comidas y que sin embargo no puedas en ocasiones evitar sentirte atraído hacia ello. Era casi como cuando vas por un pueblecito en la montaña y hueles ese entrañable olor a pan recién salido del horno de leña o el olor de un buen puchero saliendo de una casa con las puertas abiertas. En fín, nos entramos y nos zampamos uno de esos Big-macs. Seguimos visitando la ciudad, su catedral y alguna iglesia donde justamente en aquel momento se celebraba una boda. Qué casualidad, siempre pasa, recuerdo que cuando estuvimos en Praga, en la parte del cementerio judío había una sinagoga donde también se estaban casando una pareja y recuerdo años más tarde también como al visitar la catedral de Mallorca pudimos ver otra pareja en el altar prometiéndose amor eterno. Se repiten las historias como la vida misma. Pura casualidad. No recuerdo muy bien si era en la catedral o en alguna de las iglesias donde pude fotografíar el enorme y precioso órgano de tubos plateados con un gran reloj en lo más alto del mismo y justo a los pies de un santo que por la falta de luz no pude reconocer. Imagino también a Mozart posando sus manos sobre aquel instrumento de tan grandes dimensiones para hacer sonar su potente música dentro de aquel lugar y cuyo sentimiento me trasladaba en el tiempo como un sueño y me erizaba por momentos los bellos de todo el cuerpo. Nos marchamos ya corriendo para llegar al bus que nos esperaba en una plaza al lado de una fuente y que nos llevaría todavía en aquel día 29 de Septiembre de 1995 a uno de los atardeceres más bellos y románticos que recuerdo y vivido en una parte de Alemania muy especial y que relataré en breve en mi próxima crónica.

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