MONASTERIO DE PIEDRA

MONASTERIO DE PIEDRA
Resetea la Neurona

Cuanta frondosidad de repente aparece dentro de aquel recinto, tras horas y horas de viaje con el calor de un sol sofocante como compañero en la larga travesía por tierras de Aragón en pleno verano. Por aquellos tiempos a base de palmito reduciendo los calores dentro del coche y con las ventanillas abiertas si el poniente no quemaba, nos dirigíamos, eso sí con ilusión a visitar por vez primera el Monasterio de Piedra, del que nos habían hablado tanto y bien.

La primera visita creo recordar que la realizamos mientras veraneábamos en Manzanera, desde donde marchamos a pasar el día toda la familia para ver aquel lugar. Por aquellos tiempos los viajes se hacían largos, pero al llegar al destino la recompensa se disfrutaba con mayor ánimo, quizás entre otras cosas por las enormes ganas de bajarse ya del coche, que en verano se convertía en una verdadera olla a presión e imagino ahora que soy padre, la tremenda paciencia de los míos ante las disputas entre hermanos durante esos largos y pesados viajes. 

La sensación al llegar a aquel recinto amurallado después de tanta sequedad en el terreno, donde de repente la frondosidad, la verdor y la frescura del agua se hacen tan presentes, resulta casi fantástica. Mi sensación de niño al observarlo por vez primera era como si se tratara de un oasis en medio de un  desierto, del que no te percatas de su existencia hasta prácticamente entras en su recinto. Al contario de un espejismo en este caso estando frente a aquella realidad tan bella, te parece que no pueda ser real.

Tras aparcar el coche en el parking, entramos a aquel gran jardín, donde paseamos y compartimos juegos de niños con nuestros padres, mientras disfrutamos de una jornada muy especial en lo que podríamos llamar un lugar verdaderamente mágico donde el agua brota caudalosa y parece que sale de la nada, inundando de verdor todo el paisaje. 

 
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Nuestro segundo viaje también lo realicé con mis padres, pero en esta ocasión llevando conmigo de novios a la que hoy es mi mujer, para que conociera aquel lugar que de pequeño tanto me había impresionado. En esta ocasión también estando veraneando aunque algo más cerca, en Bronchales y recuerdo que partimos hacia Nuévalos que es donde se encuentra este lugar para recrearnos nuevamente bajo aquel digno escenario.   

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En aquel viaje dispusimos de mayor tiempo para disfrutar con mucha mas calma de los paseos por aquel vergel e inspeccionar minuciosamente cada rincón, incluso la oscura gruta a la que se accedía entre pasillos metálicos y vallas de seguridad hasta sus entrañas. También realizamos muchas y bellas fotografías que se acomodan en los álbumes familiares de casa y que al bajar de la estantería y contemplar  nos devuelven por unos instantes a ese tiempo pasado y ayudan a refrescar la memoria que el paso del tiempo intenta ya borrar por momentos. 

Quizás ese miedo al olvido hace que cada vez disparemos mayor número de fotografías y de mejor calidad. También que retornemos a los mismos lugares una y otra vez para intentarlos exprimir un poco más. 

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