SAN GIMIGNANO

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Fue una gran sorpresa para nosotros poder llegar a conocer este lugar, ya  que para nada teníamos prevista una visita aquí durante nuestro viaje por Italia. No por nada, simplemente por el total desconocimiento que teníamos del lugar, pero Janet nos sugirió días atrás cuando estuvimos comiendo con ellos, que se trataba de un lugar conservado en todo su conjunto como muy medieval y por tanto de gran belleza. De hecho conserva todavía en pié 15 torres de las 72 que tenía el lugar antiguamente, algo que denota la tremenda importancia histórica que debió tener San Gimignano, habiendo sido declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.  

 

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Como somos muy obedientes, aprovechamos nuestra ruta prevista para visitar Siena, haciendo una pequeña parada primero en San Gimignano y conocer un poco lo que sería sin duda todo un gran descubrimiento, entre aquellos verdes y bellos parajes de la Toscana.

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LLegamos a San Gimignano desde Pisa y entrando al pueblo comenzamos a buscar aparcamiento, lo que se  convertiría en casi misión imposible, debido a que coincidía la celebración de un mercadillo medieval aquel día y estaba totalmente lleno de gentes. Conseguimos aparcar a algo más de 1 kilómetro del pueblo en la misma carretera y nos empinamos calle arriba hasta llegar a la entrada de las primeras casas. Prácticamente nada más llegar, ya estábamos agotados por la subida y sobre todo el fuerte calor que hacía. Decidimos al igual que en Florencia, parar primero a comer, para visitar más tarde el pueblo. Miramos un par de carteles y nos metimos en el que nos dio mejor impresión, ya que por precios de menús estaban más o menos casi todos por el estilo.

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Tuvimos bastante suerte,  pues en el restaurante se estaba muy fresquito y la comida fue muy acorde a su coste. Lo cierto es que nos encanta toda clase de comida Italiana, por lo que nos acoplamos siempre muy bien a lo que tengan sin hacerle ascos a nada. De todos modos, me acuerdo mejor de lo fresquita y buena que estaba la cervecita aquel caluroso día, que de la propia comida en sí que nos zampamos.

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Tras un poco de reposo, nos marchamos a ver el ambiente tan bueno que había. Toda la calle principal estaba llena de gentes mirando escaparates y tiendas por todos lados, hasta que llegamos a las plazas, llenas igualmente de tenderetes, donde se ofrecía desde toda clase de prendas y artículos de artesanía, hasta comida, dulces y salados de todo tipo. Realmente era el mercado medieval, más medieval que nunca hemos podido ver, por supuesto por encontrarse en un enclave tan bien conservado como lo era aquel lugar.

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Se puede decir que recorrimos prácticamente todo el pueblo, calles arriba y calles abajo y tan bellas resultaban las miradas hacia el propio pueblo con sus torres y antiguos edificios, como las vistas que desde sus miradores se dirigían hacia el campo, donde los cipreses dibujaban a modo de pincelada las separaciones de unos campos de cultivo a otros y donde salpicados entre el verde, aparecían los grandes caserones de labranza.

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Tras la fugaz pero aprovechada visita, nos marchamos para ir a ver una ciudad que si venía marcada  en nuestro itinerario y que tampoco nos dejaría impasibles, Siena.

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