CINQUE TERRE

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Otra excursión que realizamos desde Pisa, fue la de visitar la zona de Cinque Terre, ya que las referencias que teníamos de la zona eran muy buenas y desde allí no quedaba lejos. Tampoco  queríamos pasarlo por alto en el último día que nos quedaba libre para realizar visitas.

 

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Salimos en busca de este pedazo de costa abrupta, que tanto fascina a los turistas. De camino pudimos observar desde la autopista, las montañas blancas al fondo, desde donde se extrae el famoso mineral llamado mármol de Carrara, del que se ha utilizado a lo largo de los tiempos en buena parte para la construcción de gran parte de monumentos de Italia. Visto desde la carretera y de lejos, cualquiera podría pensar que es nieve lo que pinta de blanco las montañas, de no ser que estábamos en pleno mes de Agosto.

Tras equivocarnos un par de veces en las salidas y entradas de la autopista para entrar dirección La Spezia, conseguimos al final enfilarnos correctamente y comenzamos a subir y bajar por carreteras que van salvando toda la costa, hasta llegar al lugar que habíamos elegido y que  ya en fotos por internet habíamos podido ver en alguna que otra ocasión gracias al facebook.

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La carretera nos condujo a la fantástica población de Manarola, mejor dicho hasta el parking habilitado unos cuantos cientos de metros antes de llegar a la misma, ya que estaba prohibida la circulación por dicha población a excepción de los residentes. Con fortuna quedaban un par de plazas libres y al menos pudimos dejar el coche y poder visitar el lugar con total tranquilidad.

 

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Para ir bajando paseando no tuvimos problemas, aunque sí pensábamos lo largo que sería luego la subida para volver al coche y más aún cansados después de todo el día. Cuando entramos al pueblo se olvidaron por completo estos pensamientos, ya que no teníamos bastantes ojos para captar todo lo que se ofrecía a la vista. Las casas colgando entre las rocas de los acantilados, los campos de viña escalonados con desniveles de verdadero vértigo. En la calle principal que desemboca al mar, nunca mejor dicho, se hacinaban las barcas de los pescadores, que descansan como si de coches aparcados se tratara en la misma calle, protegidos de los temporales que de seguro azotan su puerto y en la rampa de bajada al mar cuerpos tendidos al sol de turistas disfrutando de aquel exclusivo lugar.

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 Primero nos sentamos a comer en uno de los varios lugares que existen en la población, para luego visitar la estación del tren a la que se accede atravesando a pié por un largo túnel que atraviesa la montaña y que resulta de lo más singular.

Ya en el pueblo de nuevo los productos típicos de la zona se exponen en tenderetes que rebosando hasta las mismas puertas,  invitan a ser consumidos por quienes pasan calle arriba y calle abajo. 

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Contemplar la verde vid colgando de sus parras por los campos, dan un gozo de total frescura en pleno mes de Agosto, lo que se agradece sobretodo en el regreso para tomar de nuevo el coche. 

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 Y los jardines de sus casas, llenos de floridas y coloridas plantas, adornan el lugar exquisitamente ofreciendo una total armonía. 

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Con esta visita cerrábamos las excursiones previstas en Italia y ya solo nos quedaba regresar al siguiente día de nuevo al mismo camping en Pietra Ligure para invitar a comer a nuestros amigos en lo que sería la despedida.  

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