El drama del viajero

  Viajar es como un perpetuo suicidio. Quién hoy eres y se marcha jamás se parecerá al yo que vuelva. Cada lugar, cada sensación, cada persona que conozcas, será como una pequeña explosión única que te cambiará por dentro solo a ti mismo. En cada lugar que te pares, y en cada lugar que ames, perderás, al final, un pedazo de tu alma. Un pedazo que se quedará en ese lugar para siempre y que volverá a ti solo en el mundo de los recuerdos y los sueños. Por esa razón, desde el mismo momento que un hombre parte de un lugar, por mucho que se esfuerce, por más empeño que ponga, jamás volverá al mismo sitio. El viajero renuncia a su vida, al estado actual de sus relaciones y, en alguna medida, también a una parte de sí mismo, antes de partir a cada viaje. El viajero no es más que un temerario maravilloso que renuncia a una vida larga e integrada por muchas vidas incoherentes, cortas, intensas y breves. El drama del viajero es que en algunas ocasiones parte para llenar un vacío, y cuando vuelve, se encuentra que el vacío está en el mismo sitio, mas ahora está mucho más cansado. Nadie debería viajar para llenar un vacío, porque el vacío que buscamos llenar solo está dentro de nosotros mismos. Nadie debería viajar para encontrarse a sí mismo, por el mismo hecho de que no existe un Yo que esté fuera de nosotros mismos.

   Hay personas que no disfrutan de los viajes; hay personas que no disfrutan de la rutina. Es cierto que negar a nuestra alma los viajes es negar un primoroso instinto, pues fuimos antes nómadas que sedentarios, antes descubridores que esclavos de la tierra. Pero también es cierto que cada uno tiene una vida, y cada uno tiene el poder de vivir el único viaje que es seguro, el viaje que existe entre nuestro nacimiento y nuestra dulce muerte, de la forma que quiera o buenamente pueda.

  Y de una forma u otra, llegará para todos la noche, llegará para los viajeros y los que estamos quietos. Llegará la noche y se borrarán las líneas trágicas de la incertidumbre humana, tanto las tuyas como las mías, las de las flores, las palabras, las miradas o las bocas besadas. Un suspiro húmedo rozará las almohadas, el viento balanceará las aguas y muy pronto la masa negra cubrirá las vidas, las olas y las bocas, y entonces, entonces, ya no importará nada, ya no importará si viajas o no viajas.

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