Estrújame

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Viajar es como ligar con la vida.
Es como decir: “Me gustaría quedarme y amarte, pero me tengo que ir. Me bajo aquí”. 

Me encanta la sensación que produce pinchar el botón de ‘confirmar’ cuando saco un billete de avión. Y después de unos cuantos, se supone que debería calmarse; pero sigue estrujándome la médula espinal. 

Es magia. Y nervios mezclados con ilusión e incertidumbre, sobre todo cuando los billetes son para dentro de más de dos meses. 

Reconozco que tras unos años haciendo y deshaciendo maletas semanalmente, se convirtió prácticamente en una rutina y el acto en sí no me entusiasma en especial. Desde que Ryanair permite llevar un bolso a parte de la maleta de mano, he liberado el espacio que ocupaba la réflex y lo he llenado de ropa de porsiacaso que luego nunca jamás utilizo. Y me emociona mucho más pensar en qué me voy a poner, decidir qué días y para qué ocasiones. 

Lo sé. Muchos de vosotros pensáis que es una cosa de chicas rubias y tontas, que la gente intelectual pasa de la moda y otros miles de clichés, y yo vengo a deciros que NO. Y que no es necesario buscar excusas baratas para vestir mal, con decir que os da igual queriendo decir intrínsecamente que es que no podéis hacerlo mejor, suficiente. Pero no quiero escuchar cuentos. 

¿Quién prefiere comerse la manzana pocha llena de gusanos y tierra antes que la roja brillante?

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Para mí, el verdadero apretón al corazón, o mini infarto como me gusta a mí llamarlo, llega cuando bajo la cremallera del bolsillo exterior de la maleta y saco el cutre billete imprimido en blanco y negro. Y empieza el viaje.

Me encanta ir sola en avión (y todo el lío de desplazamientos hasta el aeropuerto que ello conlleva). Planear sola el viaje, tomar mis propias decisiones. Si nunca lo habéis hecho, os lo recomiendo. Pensando mientras hacía este post, me he dado cuenta de que he viajado más veces sola que acompañada.

Sola estoy genial.

Se me iluminan los ojos cuando pienso en el momento de bajar del avión, salir del aeropuerto y llegar al destino. Me da un poco de pena cuando viajo a cualquier sitio que no sea mi casa y veo toda esa gente esperando a sus familiares y amigos y sé que no hay nadie buscándome con la mirada. Pero tampoco me importa demasiado. Porque como decía Henley en Invictus, “soy el dueño de mi alma, soy el capitán de mi destino”.

La mezcla de sueño, hambre y algo de sudor. El olor del nuevo país. Las caras de la gente. Las miles de caras de la gente. Las aceras, las carreteras, la limpieza -o la falta de ella- de las calles. El trayecto en autobús o coche. Las luces de la autovía, los restaurantes de carretera de las afueras, las prostitutas iluminadas bajo cochambrosas bombillas. Los mapas, los apuntes, cuando las cosas salen bien. Y cuando salen fatal porque se te había olvidado que el horario era de invierno o porque era festivo.

La primera impresión que te da el alojamiento, la duda de cómo estará el baño, la sorpresa de cuando te lo encuentras nuevecito y si los croissants del desayuno serán recientes o congelados.

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Estrújame. Hazme sentir como me siento la primera noche de hotel antes de conocer una ciudad. Lléname de nervios, como si estuviera en París y quisiera ver todo a la vez. Paséame en góndola y lléname del aire que se respira en los Alpes austriacos. Se dulce, como una cheescake en Nueva York y embriágame como una cata de güisqui en Escocia. Prodúceme el vértigo que me da mirar al Machu Pichu desde arriba del pico y diviérteme como un día a bordo de un catamarán en medio del Caribe.

Y aún así no pararé de viajar nunca. Pero lo haré contigo.

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