¡Visa para un sueño!

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Te embarcas en una nueva aventura sin tener la mínima idea de cómo va a funcionar, sólo sabes con certeza algo, que tienes la ropa suficiente para tu estadía y una actitud vencedora que te ayuda a contestarle a todo el que te pregunte por tus planes, con la frase ¡Tranquilo que eso nos va a ir bien!.

Es la segunda vez que me le mido a vivir en un país diferente al mío, la segunda vez que tomo la decisión de dejar de lado las cosas que he construido, a las nuevas personas que se habían vuelto parte de mi vida y a lo que me había acostumbrado a conocer. Una vez más estoy lejos de mi familia, de mis amigos del cole y la Universidad y de las comodidades que, tal como lo he descubierto, sólo se encuentran en el hotel Mamá.

Vivir en el exterior es toda una aventura, y no hablo de venir en plan meramente turístico, sino de llegar a un país distinto al tuyo con la motivación de quedarte, vivir o sobrevivir en él. No llegas únicamente con las ganas de apreciar y caminar por la majestuosamente de esas nuevas calles o de ver los monumentos que te invitan a conocer las páginas de Internet. Vienes con una meta, ganarte la vida, y cuando vienes en ese plan tus ojos ya no se fijan en las mismas cosas, sino que se abren a otros mundos que te ayudan a  comprender que lo más bonito de un país es conocer la historia de la gente que habita en él.

El año pasado en España tuve la gran fortuna de conocer personas de otros países de América Latina que llegaron al país literalmente para guerrearla, pues un salario mínimo de España representaba la oportunidad de poder ofrecerle a sus familias, en sus respectivos países, un futuro mejor. Ellas la daban toda así se sintieran cansadas, se limpiaban las lágrimas cuando las nostalgias llegaban y fueron mis cómplices perfectas en nuestros planes Low Cost, charlas motivacionales y jornadas de ayuda, ya sea para compartir algo o simplemente por cuestiones de desahogo. Sin quererlo, me hicieron darme cuenta de la enorme burbuja en la que viví por muchos, muchos años.Una burbuja que me hacía armar tormentas en un vaso de agua y que me hacia dar por sentado que al llegar a otro país la cosa iba a ser sólo paseo, fiesta y diversión, y aunque eso no me faltó durante el año, detrás de toda sonrisa hubo un profundo aprendizaje, humildad y transformación. Especialmente a una de esas luchadoras, ella sabe quién es, la admiro totalmente y me siento feliz porque es la clase de personas que vale la pena conocer.

En un país diferente no hay título profesional, apellido ni cara bonita que valga, eres un inmigrante más, igual al que viene de aquí o de allá. Tienes que aprender a labrarte tu propio camino,  conquistar tus miedos y demostrar porque debes tener lo que estás seguro de merecer.

Ahora, con una semana y media en Malta, no he dejado de cruzarme con historias que me ratifican esto. Trabajo en un restaurante junto con dos húngaros que llegaron a la isla hace 3 años porque en sus países los sueldos no alcanzan ni para comer, y desde ayer comparto piso con una pareja de Serbia que me contó que en su país se cobra tan sólo 10€ por todo un día de intenso trabajo, por lo que ahorraron lo más que pudieron para venir a buscar trabajo y lograr tener un futuro mejor.

Conocí también a dos venezolanos, que por cierto nos facilitaron mucho la vida durante los primeros días y con los que esperamos no perder la comunicación, ellos llegaron aquí obligados por la situación que todos conocemos de su país, y desde entonces llevan un año adaptándose a una nueva vida y construyendo razones para no volver a su país y seguir formando su hogar aquí. Hace unos cuantos días me tocó mucho la historia de un hombre de Ghana que no encuentra trabajo en Malta aunque ha repartido miles de CV por todos lados; fue por cuarta vez a tratar de hablar con mi jefe en el lugar en que trabajo porque de lejos se nota que está desesperado y necesita trabajar. Ya no le queda mucho dinero para pagar su alquiler y cuando vio que yo conseguí el empleo en un día y al escucharme hablar se dio cuenta que el tiene mil veces mejor inglés que yo, me dijo “el problema de todo está aquí”, mientras me señalabasu piel.  Lamentablemente vivimos en un mundo en donde todavía se es juzgado y esclavizado por el color de piel.

Un país nuevo son nuevas historias, historias tuyas y historias de los demás. Sólo hay que tener los ojos abiertos para no dejar desapercibido nada y tener vivas las ganas de aprender y siempre mejorar.

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