Let the water flow

Todo comenzó con unas 11 horas de viaje de vuelta por delante, con un madrugón, con mucho sueño y poco espacio, con una playlist tremendamente larga y con continuas peleas con mi hermana por ver quién se quedaba con el cojín que hace que dormir en el coche sea más fácil.

A las tres horas ya íbamos por Zaragoza. Habíamos parado antes para desayunar (consejo: buscad áreas de servicio con muchos camiones, quizás no sean bonitas, pero la comida es buena y barata) y para estirarnos un poco, pero aún así las piernas empezaban a picar. Suerte que a mis padres les gusta el campo tanto como a mí. Suerte que el Monasterio de piedra quedaba cerca. Suerte, además, que mi madre tomó una carretera secundaria.

Colinas pobladas de pinos, ni un solo coche excepto el nuestro, dos ciclistas, las ventanas bajadas hasta el tope y mi hermana y yo sacando la cabeza como perritos. Ahora entiendo por qué les gusta tanto ir así.

Por fin, tras muchas vueltas y muchos “quizás nos hayamos equivocado”, llegamos. Me da rabia el precio de la entrada, porque algo así debería poder disfrutarlo todo el mundo y es vergonzoso que se les prive de ello a quienes no pueden pagarlo.

Y es que en verdad el sitio merece la pena. Ni rastro de urbanización. Aguas claras y finas que caen y fluyen por todos lados. Todo tipo de pájaros cantando alrededor. Árboles de veinte metros con troncos anchos como dos osos abrazados, recorridos por hiedras y enredaderas. Olmos, chopos, castaños, higueras… Todos forman una gran cúpula que en algunos lugares apenas filtra la luz del sol.

Y luego están las cascadas. Y las cataratas. Y la cueva tras la catarata. Y el Lago del espejo. Y todo el mundo en silencio. Y todo el mundo alucinando. Y es que no me extraña.

“Water is the driving force of all nature” Leonardo da Vinci

 Love, C.

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