De cómo viajar en bondi

765A pesar de que viajar en bondi es una actividad que realizamos a diario, e incluso hasta varias veces en el día, no todos parecen saber como hacerlo de forma apropiada, o al menos, con el concepto de “Apropiado” que se tiene hoy por hoy.

La correcta espera del bondi, tiene una serie de factores que deben ser tenidos en cuenta, si uno pretende hacer las cosas del buen modo. Digamos que la expectación de este medio de transporte, es un poco más compleja que el mero hecho de llegar y pararse junto a un caño que está incrustado en la vereda y ponerse a mirar al horizonte con cara de “A ver cuando viene…”. Aquel pasajero que se ponga a aguardar la llegada de dicho medio de locomoción, deberá estar alerta, ya que, si es el horario en el cual todos nos dirigimos hacia nuestras respectivas actividades laborales, o por el contrario, salimos de ellas para regresar a nuestros hogares, deberemos competir con un montón de otras personas, las cuales respetarán la fila, de buen grado, en tanto y en cuanto no venga el colectivo. En el preciso momento en que éste se arrime a diez metros del cordón de la vereda —Distancia que se considera oficial, y entendiendo que si se detuvo a esa distancia, ya podemos correr como enajenados y abordarlo—, algunos de los integrantes de la fila sufrirán lo que se conoce como síndrome de “Sé-que-estabas-delante-mío-pero-me-chupa-bien-un-huevo”. E intentarán ganarnos el espacio. Aquí uno tiene que defender deportivamente su lugar, valiéndose de cualquier parte del cuerpo que sirva para dicho fin —tal como ocurre en el fútbol—, para evitar que estas sanguijuelas posicionales, logren su miserable objetivo, o si llegara a ser necesario, patear pelotas  —como también ocurre en el fútbol —.

Una vez arriba, mientras aguardamos llegar hasta la maquina que nos permite pagar nuestro pasaje, realizaremos —Esto no es condición excluyente, pero se recomienda ya que a veces aparecen hallazgos interesantes— un concienzudo escrutinio del conductor y la zona del vehículo en la cual se encuentra. De este modo podremos hacer tiempo viendo la cara de extremo upite que porta el colectivero, y arriesgar hipótesis acerca de lo que le pudo haber pasado en el día para llegar a tener la cara en semejante estado de deterioro anímico. También podemos ponernos a leer los stickers que están pegados en las paredes del vehículo. Siempre se encuentran frases interesantes como: “En la vida todo es pasajero, excepto el chofer, él siempre conduce.” O descubrir las contradicciones en las que recaen algunos de los carteles con regulaciones que pone la empresa. Por ejemplo es conocido aquel que dice: “Prohibido hablar con el conductor.” y cerca de éste suele haber otro que reza: “Indique su destino al chofer”. Lo cual pareciera invitarnos a todos los pasajeros a jugar con el conductor, al dígalo con mímica.

Una vez frente a la maquina SUBE, y habiéndole avisado al conductor el importe que queremos pagar —generalmente intentaremos poner cara de póker y tirar un valor inferior, al que realmente deberíamos abonar y si pasa, pasa…—, o en el caso de no querer aventajar al pobre hombre, directamente mencionamos la calle hasta la cual viajamos y que él sea el que decida. Aquí descubrimos —Si hacemos el mismo viaje, hasta el mismo lugar con frecuencia—, que las secciones que delimitan los importes no son una ciencia exacta. Por la siguiente razón, las secciones no se encuentran delimitadas, al parecer, por distancia o por cantidad de cuadras, sino por una unidad de medida mucho mas variable, flexible y hasta aleatoria. Las secciones se miden en “Lo-que-al-colectivero-se le-canta-la-chota”.

Habiendo abonado nuestro pasaje, procederemos a intentar avanzar por el interior del colectivo, que se encuentra desbordado de gente. En este punto quiero compartir con ustedes un procedimiento que no muchos emplean a la hora de avanzar hacia un lugar que, a prima facie, no alberga lugar posible para un cuerpo Humano. El primer paso consta de acercarnos a la persona que queremos sobrepasar, y por medio de la comunicación verbal —actividad que al parecer ha caído en desuso—, se le hace llegar la palabra “permiso” con tono cordial hasta sus oídos. Se le advierte al lector que es muy posible que este primer intento de comunicación, sea ignorado por el individuo a sobrepasar. Pero no nos dejemos desanimar por esto y concedamosle a esta persona el beneficio de la duda, ya que posiblemente, debido al ruido del motor o el barullo del resto del pasaje, no nos haya escuchado. Por lo que repetiremos la palabra “Permiso” con un tono ligeramente más alto y sin perder la amabilidad. En este punto suelen darse dos posibilidades. La primera es que el individuo acuse recibo e intente desplazarse hacia uno u otro lado y logre compartir con nosotros cualquier pequeño espacio que sea capaz de obtener. La segunda es que nos mire de reojo, de mal modo y no sólo no se mueva un puto centímetro, sino que se haga para atrás, apretándonos contra algún otro pasajero. En este punto lo que hacemos es poner nuestra mejor sonrisa, una que diga “Cabeza-de-termo-mirá-como-paso-igual” y nos mandamos hacia el interior del vehículo, empujando todo aquello que se nos interponga en el camino. En el caso de toparnos con algún mastodonte que se destaque por su condición de inamovible, lo bordearemos, y acercándonos a la siguiente persona intentaremos nuevamente desplazarla a empellones, hasta legar a una ubicación que sea de nuestro agrado.

Estando próximos a llegar a destino y preparándonos para descender del colectivo, les recordamos en este punto, que el colectivero, si bien lo acarrea a usted como si fuese un objeto, no es precisamente un delivery. Por lo que no espere que lo arrime al cordón y lo deje delicadamente en su destino. Espere más bien todo lo opuesto. Ser dejado a 10 metros del cordón, tal como fue usted levantado al principio del viaje y si la unidad no posee un sistema de apertura de puertas apropiado, que sólo las abra cuando el vehículo se encuentre detenido, lo más facible es que usted deba bajar con el bondi en movimiento y a 45 km/h. Lo cual le garantizará una breve, pero intensa sesión de ejercicios, ya que deberá bajar corriendo para emular la velocidad que trae el vehículo e ir disminuyéndola paulatinamente, y de este modo impedir que la inercia lo haga caer de jeta al piso y deslizarse tres cuadras de pecho. Si es capaz de lograr esto, podrá considerarse como un feliz pasajero que ha conseguido superar esta aleccionadora experiencia, que supone trasladarse en colectivo ya sea por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o por el conurbano (y agarramela con la mano) —perdón, pero tenía que decirlo—. Y disfrutar al máximo del tiempo que le toque estar en tierra firme, antes de tener que subirse nuevamente a otro colectivo y volver a pasar por esto otra vez más.