Boston: Museum of Science, Public Garden y Boston Common

Hace un par de semanas, aprovechando que vivimos en el extra radio, dijimos de ir sábado y domingo a Boston. Es una ciudad enorme, con lo cual aún nos queda muuuucho por descubrir, pero no podía dejar de contaros cuál esta primera experiencia.

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Queríamos aprovechar que habíamos sacado el pase anual al Capron Park Zoo, para poder visitar gratuitamente el Museum of Science de Boston; nos habían dicho que merecía la pena visitar con los niños, y ¡no mentían!

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Si os voy a ser sincera, nuestro plan original era ir únicamente el sábado a visitar el museo en su totalidad (es enorme y se tardan varias horas en recorrerlo completamente) y el domingo pasear por Boston, pero una de las cosas que tiene viajar con niños es que ¡siempre pueden surgir imprevistos! Y eso fue lo que nos ocurrió… Es ley de Murphy: si un día se te olvida llevar mudas para los peques,  ese día será el único en el que se caerán en un charco, se echarán la comida encima o, como fue nuestro caso, tengan un escape de pis. En el caso de Pequeñina, ella lleva sin usar pañal desde junio pasado, con 2 años y 2 meses, y desde entonces habrá tenido 2 “accidentes”… Y uno fue en el Museo de la Ciencia de Boston. Estaba tan entretenida pero también tan cansada (era la hora de su siesta ya) que me pidió que la cogiera en brazos para ver algo… se relajó en mis brazos y de repente, noté que me calaba un líquido bien calentito… ¡Arrrrrgggg! ¡Puuuuaaaj! No sé qué cara puse, pero la peque rompió a llorar y ahí entró en un bucle de berrinche, empeñada en que no se había hecho pis (le había dolido en el orgullo, se ve) y quería ir al baño a hacer pis, pero obviamente en el baño ya no había pis que saliera, ¡porque todo se lo había hecho encima suya y de su madre! Después de una escenita que duró eternamente, decidimos volvernos a casa y probar mejor suerte al día siguiente…

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En ese momento agradecí tener el pase anual del zoo, y poder ir tantas veces como quiera a lugares como este museo, porque si las entradas hubieran salido de mi bolsillo, me habría dolido en el alma tener que irme sin haberlo terminado de ver, y/o tener que volver otro día.

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El domingo fuimos preparados con sillita de paseo para los niños, muda, snacks, agua…  y afortunadamente no ocurrió después ningún percance. Habíamos aprendido del día anterior, jeje. Para ir a Boston, tanto el sábado como el domingo, fuimos en coche, y lo dejamos aparcado en dos parking de pago que reservamos previamente con el móvil (la app se llama SpotHero, por si a alguien le interesa). Así no teníamos el inconveniente de tener que andar buscando aparcamiento ni arriesgarnos a no encontrar nada cerca de los lugares que queríamos visitar. Originalmente habíamos pensado ir en tren ya que los billetes salen bastante económicos y existen pases para el fin de semana, que valían realmente la pena. Pero no queríamos estar sujetos a los horarios del tren por si salíamos más tarde de casa o teníamos que volver con prisas por algún imprevisto de los niños.

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Cuando llegamos a Boston nos dirigimos directamente al Museo de la Ciencia, que está anexo a Charles Hayden Planetarium. Junto a la entrada del Planetarium se pueden adquirir tickets para coger unos autobuses especiales que llegan hasta el río Charles, se meten en el agua convirtiéndose en barcos, y te dan un paseo por dicho río (si algún día lo hacemos os contaré qué tal). Pasado el Planetarium, por fin llegamos a la entrada del museo. Se ruega entrar por las puertas giratorias, reservando las puertas normales para personas en sillas de rueda o con carritos de bebé, para evitar que se cuele la temperatura exterior. Una vez dentro, a mano izquierda podéis dejar los abrigos, ir a la zona del restaurante o cafetería, a la tienda de regalos o sacar las entradas. Si ya vas con el pase anual de otro centro asociado (como era nuestro caso), directamente vas a la zona de control, enseñas el pase anual que tengas, y te dejan pasar directamente. Junto a los tornos de entrada, a mano izquierda, también hay unas máquinas que te ponen un sello en la mano para los casos en los que necesites salir de las salas de la exposición, e ir al restaurante, la tienda o simplemente salir del museo. Teniendo ese sello, puedes volver a entrar en las salas de museo en el mismo día las veces que lo necesites.

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Hermanito Mayor decidió ponerse todos los sellos :)

Nosotros decidimos nada más llegar ir a la zona de restauración, para llenar los estómagos y así evitar males mayores después con berrinches o mal talante de algún peque, por tener hambre. Estos peques si tienen las barrigas llenas, suelen ser niños felices. El sábado pecamos de novatos y compramos la comida allí, y fue un sablazo. La comida en el museo es cara, y nada saludable (nuggets, hamburguesas, pizzas, pasta precocinada…). Así que el domingo antes de llegar a Boston, pasamos por Walmart y nos pillamos unos paquetitos de snacks bastante sanos (queso cortadito en dados, almendras, zanahorias baby y manzana), dos cajas con fruta troceada, y un paquete con huevos duros. Con eso, nos sentamos en el comedor del museo, y oye, comimos sano, y por poco dinero.

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Con los estómagos llenos, y tras pasar por los baños (importante después del percance del día anterior), decidimos entrar realmente en el museo. Tras pasar los tornos puedes elegir entre empezar por el ala azul o el ala verde. Cada ala tiene dos plantas y una planta en el subsuelo. En esas alas podrás encontrar exposiciones permanentes que siempre están, o si tienes suerte, podrás disfrutar de algunas que haya de forma limitada y temporal. Desde un paseo por el cuerpo humano, cómo se desarrollan las enfermedades más comunes hoy en día (alergias, cáncer, diabetes, gripe…), cómo construir puentes, la fauna en los ríos y bosques de Nueva Inglaterra, hasta llegar a experimentar la desorientación que provoca la gravedad 0, y aprender la física que hay detrás de todo lo que rodea la astronomía y el viajar al espacio. Lo que hace distinto este museo a cualquier museo tradicional, es que es un museo interactivo, con un acercamiento a la ciencia para el público general, y orientado para que los niños aprendan jugando y manipulando prácticamente todo. En la zona del cuerpo humano, por ejemplo, te pones unas pulseras de papel con código, y en cada “estación”, la escaneas y procedes a hacer cuestionarios, o pruebas, registrándose posteriormente en el código de la pulsera y pudiendo acceder desde casa para ver cuáles eran tus resultados de las pruebas que hiciste en el museo. Hay una zona de la que mis hijos no querían irse (además de la sala de los dinosaurios, porque mis hijos están obsesionados con los dinosaurios): una recreación de parque infantil, en la que se explica la física que existe detrás de cada juego, por supuesto mientras lo experimentan los niños. A determinadas horas también se pueden presenciar algunos espectáculos informativos como la jaula de Faraday.

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En nuestro caso, al ir con los peques, decidimos el domingo que ellos fueran guiándonos a través de las distintas salas según lo que más les llamara la atención. Nos dimos cuenta de que si intentábamos ir siguiendo el orden de las salas, o sin querer saltarnos nada, ellos perdían el interés o se sentían frustrados e impacientes, porque realmente querían ir a ver otra zona, sin disfrutar de la sala en la que estuviéramos en ese momento (eso nos pasó el sábado: todo el tiempo estaban deseando ir a ver los dinosaurios, y hasta que no llegaron no estuvieron contentos, aunque cuando llegaron estaban cansados ya y malhumorados; lección aprendida). Resultó la mejor decisión que pudimos tomar: al ser ellos los que “decidían” qué ver en cada momento, se sentían bien consigo mismos, importantes por un día, estaban muy motivados y no perdían el interés, porque habían elegido cosas que a ellos les gustaba… y así sin darse cuenta, recorrimos prácticamente todo el museo (no subimos a ver unas exposiciones temporales que había en la última planta, porque realmente no nos llamaba la atención a ninguno) sin queja alguna de “estoy cansado”, o “quiero carrito/brazos”. Además pudimos ver cada sala tranquilamente, sin impaciencia de ninguno por ir a otro sitio, probando cada experimento, sin prisas, y disfrutando de toda la experiencia.

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Realmente no recuerdo con exactitud cuánto tiempo estuvimos en el museo… Llegamos sobre las 10:30 de la mañana, y saldríamos sobre las 3 de la tarde. Fueron bastante horas, pero se nos hizo corto a todos. Eso sí, después de tanto tiempo de pie, yendo de un lado a otro, jugando, saltando… Los peques estaban bastante cansados. Lo cual nos permitió caminar a paso ligero por Boston, porque los peques sólo querían ir ya en el carrito, y así pudimos llegar hasta Boston Common y Public Garden, antes de que tuviéramos que ir a sacar el coche del parking (¡teníamos reservado hasta las 5 de la tarde!). Mientras íbamos caminando, no podía parar de mirar a todos lados. Los edificios, las calles tan bien cuidadas, las iglesias, los cementerios… Boston es una ciudad preciosa que necesita más de un día para realmente poder descubrir todo lo que esconde (me quedé con las ganas de hacer el Freedom Trail, o pasear por el South End, que según vi en fotos es una zona preciosa). Desde el Museo de la Ciencia hasta el Boston Common a pie son como 30 minutos caminando a buen paso, y a nosotros que nos encanta pasear, nos pareció una buena oportunidad para estirar las piernas e ir conociendo un poquito la ciudad.

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Boston Common y Public Garden son dos parques que están uno al lado del otro, separados por Charles Street. El más grande es Boston Common, y cuenta con pista de patinaje sobre hielo, Soldiers and Sailors Monument, oficina de información turística, zona de juegos infantiles, y se suelen organizar eventos allí también. No obstante, el más bonito de los dos parques desde mi humilde opinión, es Public Garden. Este parque del siglo XIX, aunque más pequeño,  tiene una distribución y estética mucho más atractiva que Boston Common, y cuenta con un bonito lago, lleno de patos y cisnes, en el que se puede pasear en barca. En todo Massachusetts hay ardillas en zonas arboladas, pero a diferencia de las que viven en nuestra localidad, que son asustadizas y huyen del contacto humano, las ardillas bostonianas de estos dos parques son tan confiadas que si las llamas, acuden hasta la palma de tu mano, en busca de comida. A los niños les gustó mucho, y ya les hemos prometido que volveremos en primavera a pasar el día y hacer picnic en estos parques. ;) Desde luego Boston nos ha sorprendido y enamorado, es una de las ciudades más antiguas de EE.UU., llena de historia, y poco tiene que envidiar a grandes y mediáticas ciudades como Nueva York o San Francisco.

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¿Conocéis Boston? ¿Pensáis ir algún día? Si la conocéis, ¿qué otros lugares nos recomendaríais visitar? ¡Contadme en los comentarios!