Bienvenidos a Latinoamérica
Si necesitaba energía latina, mis primeros días por Sudamérica no podían haber empezado mejor que en Chile. En Santiago me recibía Alejandro, un amigo que hice durante mi estancia en Siem Reap, en Camboya. Me recogió en el aeropuerto, me hospedó en casa de su familia, fuimos a dar una vuelta por el centro probando todas las marcas de cerveza local, me invitaron a una pisco-party en casa de unas amigas (el pisco es la bebida más típica aquí) y alargamos la noche en una bonita discoteca situada en uno de los populares cerros (colinas) que rodean la ciudad.
El segundo día, Pablo, un nuevo amigo de mi tan preciado CouchSurfing, me invitó a pasar el fin de semana a casa de su familia en Valparaiso. Cómo a un hijo más, me recibieron en casa, nos pasamos la entrada de noche tomando whisky en casa de su hermano hablando de viajes y experiencias, y terminamos carreteando (así llaman aquí a la fiesta) bailando salsa, ¡Cómo lo echaba de menos! (¡Y qué oxidado que estoy!). Tras unos últimos bailes en el after acudimos al ritual post-party de todo noctámbulo: el almuerzo matinéero mañanero; aunque si en Barcelona nos damos a los churros o a los burguers (que aquí, como todo bocadillo, van adornados de aguacate machacado), esta vez cayó un sandwich de lengua de vaca cuyo sabor me sorprendió gratamente (no se me ocurrió otra cosa que confiarle a Pablo que escogiera bocadillo por mí, así que pidió lo que esperaba que me diera más reparo comer y triunfé; creo que no será el último).

Dejando de lado la noche nocturna, Valparaiso sorprende al ser una ciudad construida en las laderas de los más de 40 cerros que la rodean, con coloridas casas que dan una alegría espectacular a la vista urbana de la ciudad. Por si las fachadas variopintas no fueran suficientes, esta localidad de aire bohemio se encuentra repleta de graffitis. Miles de ellos decoran las paredes de cualquier callejón e incluso de algunos de los ascensores que los habitantes usaban históricamente para subir a los barrios de los cerros (al estilo de los elevadores de Lisboa).
Una de las rutas de murales urbanos nos lleva hasta la conocida casa de Pablo Neruda, “La Sebastiana”, una hermosa casa llena de ventanales con las mejores vistas, pura poesía. Ése era el lugar donde nació la inspiración para algunas de sus obras, contemplando la gente, los cerros, las casas, el puerto, el aletear de gaviotas y pelícanos, los leones marinos tomando el sol sobre las boyas de los barcos amarrados…
El pueblo siguiente, Viña del Mar, contrasta bastante, aunque siguen sorprendiendo sus casas colgantes con vistas al mar. En esta parte, lo que vende es la playa. Los grupos de promotoras al estilo Ibiza hacen que tu tarde de bronceo en pleno mes de Enero sobre la arena se convierta en una auténtica “pesadilla”.


















